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A pesar de las muchas voces a favor de los animales, lamentablemente aún sigue siendo importante celebrar el Día Internacional contra el consumo de carne. Actualmente también en el seno de la Iglesia aparecen voces que defienden la vida animal y señalan el doloroso abuso que impera en nuestra sociedad moderna, sobre todo en el llamado primer mundo. Por ejemplo el teólogo y catedrático católico Erich Grässer a la pregunta: ¿Cómo entiende la Iglesia la protección de animales?, contesto: “En este sentido tengo que decir claramente que cuando se escriba la actual historia de nuestra Iglesia, el tema Iglesia-protección animal, será un capítulo tan oscuro como el tema Iglesia-quema de brujas en la Edad Media”.

Sin ir más lejos el Papa Benedicto XVI, durante una audiencia en otoño de 2007 otorgó una bendición especial a los cazadores, deseándoles que ‘su apego a la naturaleza se conservara estando al servicio de la maravillosa creación de Dios’, reiterando así oficialmente la bendición papal para todos aquellos que matan animales “para preservar la creación”, lo que en última instancia sólo es por placer o por satisfacer el paladar.

Además hace ya mucho tiempo que la medicina comprobó que una alimentación sin carne es más sana; que la crianza de animales de consumo daña la naturaleza y el clima y que el trato que se da en muchos casos a los animales es cruel e inhumano. No obstante, todo esto no ha hecho disminuir ni la demanda ni el consumo de carne, que ha sido y sigue siendo enorme sobre todo en los países que dicen ser cristianos. Como entre ellos son muy pocos los que piensan que el mandamiento cristiano de “No matarás” incluye a todos los seres vivos, por lo tanto también a los animales, merece la pena hacer un somero análisis de algunos hechos históricos, ya que esto puede ayudar a descubrir las raíces del por qué de esta actitud y a reflexionar sobre si se quiere cambiar.

Con el emperador Constantino el cristianismo se convirtió en una Iglesia estatal por motivos de poder político. A partir de entonces, los cristianos, que hasta ese momento habían vivido de forma pacífica, fueron obligados oficialmente a prestar servicio con las armas y a comer carne. A aquellos que siguieron siendo fieles al cristianismo de los primeros tiempos se les persiguió. Se dice incluso que a los vegetarianos les hacía tragar plomo derretido. Por su parte el Papa Juan III (561-574) proclamó en el año 561 en el sínodo de Braga, en Portugal, un anatema contra todos los que eran vegetarianos ordenando: “Si alguien prescinde de los alimentos de carne, que Dios dio a los hombres para su deleite, y los considera impuros, que sea maldecido”.

Los padres de la Iglesia s. Agustín y Tomás de Aquino negaron que los animales tuvieran alma, estableciendo expresamente con ello que estaban excluidos de la salvación. En este ambiente no es de extrañar que se crearan gremios de carniceros y se persiguiera a los vegetarianos. La Inquisición eclesial de la Edad Media hizo incluso aniquilar a aquellas personas que se negaban a matar animales y como demostración de su ortodoxia un sospechoso tenía que matar públicamente un animal.

El hombre se baña en la sangre de sus congéneres animales para saciar su apetito por la carne y en la caza su deseo de matar. A la mayoría, esto les parece algo natural, pues piensan que los animales están aquí para ser criados, matados y comidos. Así lo quiere la tradición, que nos impide reconocer cuán monstruoso es el régimen de terror que el hombre ejerce en esta Tierra. Si no hubiésemos adormecido nuestra conciencia, notaríamos que se trata de un delito colectivo de dimensiones cósmicas, que no quedará sin consecuencias para el desarrollo de la humanidad, si ésta no se aparta de ello.

Vida Universal
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